Hace varios miles de años arribaron a la franja occidental y semidesértica de la Sierra Gorda grupos nómadas cuyo modo de subsistencia estaba basado en la caza, la recolección y la pesca; con el paso de los años, estos grupos establecieron pequeñas rancherías estacionales transformándose en seminómadas, incorporando el cultivo como una más de sus estrategias de supervivencia. Durante la época de la colonia, estos grupos fueron denominados con el nombre genérico de “chichimecas”; ante la invasión de sus ancestrales territorios por parte de los invasores españoles y sus aliados indígenas, ofrecieron una feroz resistencia ganándose la fama de indomables y valientes guerreros.


A lo largo del tiempo, estas sociedades marcaron su territorio -sagrado y profano-, con enigmáticos símbolos pintados en la roca, dejando para la posteridad ideas y conceptos fundamentales sobre su forma de pensar y entender el mundo que los rodeaba, es decir, su cosmovisión. La práctica de pintar o grabar en las rocas, mejor conocido como arte rupestre, tuvo motivaciones diversas y fue común entre cazadores recolectores y agricultores; puede ser reflejo de rituales (de paso, de iniciación, terapéuticos, relacionados con el agua y la fertilidad animal, vegetal y humana, de propiciación de la caza, etcétera), o bien haber funcionado como marcadores (territoriales, astronómicos, registros de acontecimientos históricos o cartográficos) entre otras posibilidades.

 
En el sitio arqueológico Arroyo Seco es posible observar una síntesis del arte rupestre que, diseminado por cerros y cañadas del nororiente guanajuatense, fue una constante entre las sociedades de cazadores y recolectores que habitaron la Sierra Gorda.

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